Helena P. Blavatsky: Su mirada y su voz
El retrato más popular y conocido de madame Blavatsky es este pequeño retrato que tenemos en este momento en nuestras manos, para asirnos más firmemente al recuerdo que queremos consagrarles en este instante.
Es muy imperfecto este retrato pero tiene por encima de la imperfección con que le ha perjudicado el artista, que no le ha hecho con el debido cariño, con aquella unción que ponía en sus escenas religiosas el famoso pintor que dibujaba de rodillas el rostro de la Virgen; tiene, como digo, a pesar de todo, una cosa que no puede dibujarse, hacerla mal, evitarla, desfigurarla si quiera quien ponga manos en esa obra. Es la expresión de los ojos, la mirada serena y reposada que esta tranquila y segura, aunque no puede precisarse en que punto imaginario del espacio se detiene.
El rostro, más asiático que europeo descansa firmemente sobre una mano, la mano de los dones y de las gracias, la misma mano que ha levantado el velo de Isis y que ha prodigado tantos bienes. La boca esta plegada, dirías que sirviendo a una meditación muy profunda, voluntaria, querida y deseada libremente. Así, no se ve el labio inferior prominente y forzado como lo adelanta a veces la mano que, por violencia, soporta toda la faz para esas meditaciones que parecen mas bien una penosa escudriñacion de lo lejano.
La figura se adivina colocada tras la mesa o el bufete de estudio, y parece que ha sido sorprendido el original en uno de esos momentos en que vemos los demás las ideas en el espacio, y en los que el maestro las miraba para copiarlas mas fácilmente.
Esta mirada particular, infalsificable siempre, que no puede dibujarse, nos suministra una profunda enseñanza que debemos revelar en este instante, precisamente en este momento.
Este portento, la mas piadosa de las mujeres, el mas amable y caritativo de los maestros, la mas humana y tolerante de las inteligencias que han podido visitarnos, consagro su obra y su vida a la redención de la verdad, y cifra todo su empeño en que se comprendiese el mundo en que amase su pasado.
Su obra fue una misión voluntariamente escogida, que ella condensaba con claridad en estas palabras: “Rescatar de la degradación las verdades arcaicas que constituyes la base de todas las religiones”.
¿Qué redención ha podido concebirse mas grande y mas necesaria? ¿Que tolerancia ha sido mas amplia, mas caritativa y mas justa con todos los hombres y con todas las inteligencias? El exclusivismo de los directores de raza redimía solo a un grupo, a una familia, que podía ser muy grande, pero que no era toda la familia humana. No tenían, no tuvieron aquellos hombres la debida tolerancia.
Mirar a todas partes, escuchar a todos, es ya un acto de accesión y de benevolencia, es tolerar; pero tolerar no es todo.
Hay que rescatar, hay que redimir, que cribar las ideas y tamizarlas, haciéndolas pasar por el mismo harnero, por el mismo cedazo. Esta obra ha sido hecha por esta mujer que nos ha sido enviada. Su relación con nosotros, con todos los hombres, la ha hecho de la manera más perfecta que pueda hacerse: mirando, y mirando como debe mirarse, porque sabía y practicaba el gran misterio y el poderoso secreto de la mirada.
Estamos en nuestros ojos.
Nuestro valer, nuestra verdad nos salen a la cara. Son los ojos las ventanas del alma, dice desde hace siglos nuestro vulgo. “Por nuestra propia pupila nos ve el señor”, ha dicho he inspirado Silecio, ver, mirar: Eso es todo.
La expresión de una cara es la palabra de un idioma que mira en vez de decir, de un idioma mudo, pero que indica.
Todo nuestro espíritu esta en nuestros ojos, y aun sigue revelándose en ellos cuando los hemos perdido, ciegos por los dolores sufridos, o ciegos porque vinimos sin ellos a la vida.
“Me hablo como si me mirase”, dice uno de los ciegos de Maeterlinck. Y, efectivamente, no podemos hablar a las gentes sin dirigir a ellas nuestros ojos, a menos de ser ciegos de nacimiento, y aun así enfrontamos el rostro.
Se ha creído que se educaba la vista presentándola buenos dibujos, las mejores imágenes, los mas bellos colores. Y la vista no se educa sino viendo las mejores ideas. “Los ojos que han sufrido son los mas bellos”, han dicho en algún sitio en Michelet. Lo son, en verdad, porque han visto el dolor, porque han visto también alejarse la dicha. La mirada se educa haciéndola ver lo invisible. Vera siempre mas un estudiante de geometría analítica, por mediano que sea, que un comisionista en colores. Asimismo el que sepa mirar los grandes problemas, el que quiere ver las grandes cosas, vera siempre mas que el que ha visto los mejores monumentos y las mas bellas ciudades. Basta con verse los pensamientos. ¿Y como ver nuestras ideas?
Podemos verlas en nuestro propio interior, volviendo para dentro nuestros ojos, cerrándolos para fuera; y podemos verlas en el espacio mirando atentamente, sin parpadear un instante, como si esperásemos la salida y aparición de una estrella. Hay que mirar con el mayor deseo, con la mejor voluntad, con la más pura intención, sin bañar en llanto nuestros ojos, para no ver deformados los objetos. En el llanto hay una especie de miopía que comienza, como hay una ceguera incipiente en la mirada del que sufre un proceso violento. Hay que estar sereno, tener un ánimo tranquilo para ver lo que debe verse más allá del horizonte visible. La percepción actual de colores que no fueron sospechados anteriormente es no tanto un hecho fatal de la evolución del sentido, como una conquista alcanzada por la mayor tranquilidad de los hombres.
Con tranquilidad, con reposo, yo creo que podremos ver todos los hombres colores más allá del violeta. Así como se ven y pueden verse las formas que producen las ideas.
He aquí la enseñanza que nos queda, que nos quedara para siempre, en este retrato del maestro, que, aunque este mal ejecutado, cumple con la condición primera que ha de tener un retrato: la “pose” honrada, la mas elevada y natural del original vivo.
SU VOZ
“Una suprema sensación de paz se apoderó de nosotros, arrodillados a un lado, sabiendo que todo había concluido”.
(Mis I. Cooper.- COMO NOS DEJO).
Tienen estas palabras muchos años de vida y serán perdurables y eternas por ser el más ingenuo y conmovedor relato de la muerte de Helena Petrovna Blavatsky. Nació en Mayo.
La tierra empezaba a caldearse, y el frío, aquel frío tan cruel de aquel invierno que acababa de morir, se retiraba perezosamente a otras regiones.
La luz misma, degradándose por instantes hasta llegar a la indecisión de un crepúsculo, se amortiguó como si el sol se velase por una nube densísima.
Eran las dos de la tarde.
La enferma, animada por los últimos efluvios de vida, se incorporó sobre el lecho, y tanteando las ropas, deshaciéndose de ellas, sin ruido, sin estrépito, sin una contracción que delatase dolor alguno se ofreció al nuevo reino, tranquilísima y serena, como el que entra en la paz.
Hace ya mucho tiempo, treinta y un años.
Hace treinta y un años que ha enmudecido su voz, y, sin embargo, sin ruido humano se la oye y se la siente en sus escritos, donde queda toda la enseñanza y la revelación que ha podido dejarnos. Su voz es la voz de los muertos, de los grandes maestros; esa voz que se oye y se siente en los oídos cuando pasan los ojos del discípulo y del curioso por las páginas que nos quedan de los grandes directores.
Es un tono uniforme, sin ruido, raro, que no se oye precisamente dentro del cerebro, sino más bien en el pecho, como si hubiera un oído en el corazón, así como hay un ojo en el de los tímidos que adivinan lo que no ven los avisados.
Hay un tono de voz muy bajo, muy imperceptible, en las palabras escritas por los hombres; un tono de voz que creemos que es el tono de nuestra palabra interna y el ruido que mentalmente hacen nuestros labios en la lectura; pero ese tono es el ruido que tiene la palabra del que ha dictado las líneas que pasan bajo nuestros ojos.
No han enmudecido los muertos, ni enmudecen tampoco los que se alejan, porque queda para siempre en el ambiente, la divina vibración de la palabra, se pronuncie o se escriba para extenderla entre los hombres.
El pensamiento nace con un tono imperceptible para el mundo; pero siempre bastante sonoro para el espíritu.
Los libros hablan; y escritos, hablan como las palabras habladas, como hablan las pinturas, como hablan todos los pensamientos de los hombres expresados por escritos o por señales.
Ese ruido no se oye reparando en los ruidos de la vida que vocea a nuestro lado; pero se oye dentro de nosotros en la lectura y en la contemplación callada de las cosas que llamamos erróneamente mudas.
En la admiración y en el asentamiento escuchamos las verdaderas palabras, y entonces conocemos el tono del escritor y del artista.
La voz de los muertos es perceptible aún y ha de serlo más adelante todavía, mientras quede una línea de su enseñanza hay un ritmo interior, una armonía viva y palpitante en la palabra escrita, que no duerme en la cadencia y en el acento, sino dentro, más interiormente, en el último significado de la palabra: en su alma.
La verdad es una eterna poesía, y una poesía que suena y que se oye, aunque no se pronuncie en voz alta, y sólo desfile ante los ojos como una palabra escrita y pase bajo los dedos como un cuerpo.
Toda la predicación a favor del silencio es una invitación a escuchar y percibir el purísimo sonido de la verdadera palabra, del pensamiento y de las cosas. Y la palabra más baja que puede pronunciar un hombre es la más alta en que puede moverse un pensamiento, el mayor ruido de una idea que se mueve de un espíritu a otro espíritu.
El eco no es una segunda palabra, sino la misma y única palabra que se ha dicho, entrando y penetrando en lo perdurable. Es la misma palabra divinizada.
La voz del maestro suena aún y sonará siempre, porque la palabra ha sido proferida para eternizarse. En los primeros instantes no se habla, después se murmuran algunas palabras, y las gentes se separan llevando cada una en sus oídos el recuerdo y el eco de las palabras que se han dicho. Se dijeron para esto, para no separarse nunca, para estar unidos, a pesar de todas las diferencias aparentes que separan a los cuerpos.
Nos quedan las palabras del maestro pero no así, de cualquier modo, sino vivas, vibrante, perceptible aún.
Leed recogidos vuestros libros, pasad la vista sobre sus páginas y de nuevo vivirá ante vosotros la imagen del maestro con su propia cara y con su propia voz.
Una indagación paciente nos permite conocer la curva del estilo de los hombres. Hay palabras que el orador y el artista, el pensador y el poeta, repiten periódicamente de un modo casi fatal y por fuerza. Hay letras personales, peculiares a cada escritor, que no puede por menos que repetirlas en sus escritos; y así hay quien tiene preferencia por un estilo labial o por una guturalidad manifiesta. Hay en fin, una arquitectónica de las ideas, un método, un orden especial para verter los pensamientos que no se parecen al método y al orden que observan los demás escritores. Pero hay, sobre todo, un tono, un acento, una palabra verdaderamente inefable e improferida, que se oye y se percibe en cada estilo con un sonido personal y propio, inconfundible con el tono y la palabra de los otros.
Aún las voces gemelas, las voces de familia y la tónica de las razas conservan su individualidad en cada hombre.
Esta voz es la que debe escucharse. Esta voz s la que se oye aunque no se profiera exteriormente en apariencia. La palabra escrita no está muerta y silenciosa como se cree. Lo que ocurre es que está callada y no se oye cuando no pasa ante los ojos y el espíritu del discípulo; y la palabra escrita duerme en el libro conservada en la tinta, como duerme en las huellas de un disco fonográfico mientras no se la despierta para que todos la oigan.
El escritor habla alto, habla fuerte, como la voz pronunciada, y se oye como la voz; hay que poner de nuestra parte la caja vibradora e imprimir movimiento al disco, y la palabra vuelva a ser lo que ha sido cuando dicha y lo que fue cuando callaba.
El silencio no es la mudez, sino el tono más bajo de las palabras y el más fuerte de las ideas. La música misma, más que ser el arte de combinar los sonidos, es la ciencia de rimar con el silencio, con todos los silencios; y hay más arte en las notas que no oímos, que van de una nota a otra nota perceptible, que en la diferencia y en la gradación de todas las que escuchamos en una obra. El alma y el genio de Wagner, como de Beethoven o Haydn, pasan por la armonía mental de los silencios de sus poemas, reventando en el estrépito de los sonidos.
Oímos nada más que el final de las palabras; pero hay muchas palabras en cada una. Vemos un movimiento como algo repentino y espontáneo, y no es realidad sino el término de un proceso que ha empezado en lo infinito, que se aproxima hace siglos, toda una eternidad antes de la existencia.
No es tan difícil oír el silencio lejos de la ciudad. En la soledad del campo, el silencio del mundo se nos ofrece como el eco más espiritual de todos los sonidos; y se siente, se escucha, se palpa.
Así oímos la voz de los escritos y el tono de la palabra de los maestros; así, sin haberlos oído nunca, podemos asegurar infalibles que no hablaron de este modo, ni de aquel, ni de tal otro; que su palabra era más alta o más baja, pero no así, ni de ese tono que se nos pone como ejemplo.
¿Cómo era su voz?
Su voz era como la nuestra, como es la nuestra cuando leemos en silencio un escrito. Su voz tiene el tono que sentimos interiormente cuando llegamos a la admiración y al asentimiento ante sus páginas y ante sus obras. ¿Cómo estremecernos si no las oyésemos?
La voz no muere. La voz sigue hablando y se oye en cada uno de nosotros siempre que apliquemos el oído del corazón para escucharla en él, al parecer, inefable murmuro del silencio.
Se habla para siempre y constantemente. Y la voz de la madre, de la esposa, del maestro, del amigo y del hermano nos acompañan perdurablemente en nuestra vida interior, donde siempre uno de ellos sostiene un dialogo con nosotros.
Si alguno calla en el ruido y vocerío de la existencia, “una suprema sensación de paz se apodera de nosotros, que estamos arrodillados a su lado, sabiendo que todo ha concluido”. Y esa paz, que tan admirablemente ha señalado Miss, I, Cooper, es la suprema atención a la última palabra del maestro.
Una palabra que aún oyen los que estaban cerca del lecho y que todos oímos y sabemos, aunque desmañados no sepamos repetirla.
¿Qué importa no haberla visto pronunciar si la oímos, si podemos oírla en nosotros siempre que la escuchemos con la pureza y el respeto que se merece?
Prólogo del libro
"Helena P. Blavatsky: Doctrinas y Enseñanzas Teosóficas"
por Rafael Urbano