¿Vives un amor ciego?*
Hay parejas que sobreviven sólo gracias a la resignación, se niegan a afrontar el hecho de que su vínculo no funciona o no se dan cuenta de ello. Pero hay tres síntomas indiscutibles para detectar el amor que no nos hace felices.
La tormenta no se percibe nunca en el ojo del huracán. Lo mismo ocurre con el autoengaño y la ignorancia en el amor. A veces estamos tan embotados, tan acostumbrados al sufrimiento, que no nos damos cuenta de lo que pasa.
Cuando esto ocurre, el dolor funciona como las termitas. Por fuera, la casa parece nueva; pero, mientras tanto, sus cimientos están siendo lentamente devastados. La mente puede acostumbrarse a la tristeza y la ansiedad hasta considerarlas normales. "Amar es sufrir o morir un poco", dice el aforismo. Desde mi punto de vista, esto es resignación, y de la mala. Si por amor se traspasa el límite de lo aceptable, cada nuevo día se vive como un bajón. Hay un sinsabor en la vida que va matando la alegría.
SÍNTOMAS DE LA RESIGNACIÓN
Existen tres síntomas típicos que nos revelan que una relación está funcionando desde la resignación. En primer lugar, empezamos a envidiar a otras parejas. Casi al mismo tiempo, sentimos con fuerza el recuerdo de viejos amores. Y, por último, hace aparición la siguiente duda metódica: "¿Me habré enamorado de la persona equivocada?"
Muchas veces, en las relaciones crónicamente insatisfactorias, además de la tristeza que se experimenta, acaba afectada la autoestima de uno de los miembros. Y cuando cruzamos los límites de la autoestima, hace aparición una sensación de incompletud y encierro vital.
Sin embargo, aunque la evidencia de estas sensaciones es contundente, la mente duda y se acobarda. Tiene lugar entonces un combate entre la razón y la emoción que podría resumirse con el pensamiento: "Pero no todo es malo... también hemos tenido momentos buenos".
Y esta confusión alimenta la más cruel de las esperanzas, la posibilidad de que, si el amor todo lo puede, pueda también resolver mágicamente las injusticias de una relación desigual. Y allí nos quedamos estancados semanas, meses o años, a la espera de un milagro imposible.
INDICADORES EMOCIONALES
Hay indicios que nos advierten de que estamos en una relación
insatisfactoria. Los indicadores emocionales son: depresión, desgana, querer estar constantemente con otras personas, ansiedad, aburrimiento, sentirse atrapado, desear la separación,sentirse bien y libre cuando la pareja se va a dormir o se aleja, insatisfacción con las relaciones sexuales, sentimientos de humillación y el miedo. Pero todos estos síntomas tienen un factor en común, la insatisfacción. En el fondo, uno se dice: "Yo quería otra cosa, yo esperaba otra cosa".
En esas situaciones, podemos hacernos estas dos preguntas: "¿Estoy contento con mi pareja y la vida que llevo?" y "si pudiera cambiar el pasado, ¿repetiría con la misma persona?".
Si respondemos con dos síes, todo marcha bien en la relación. Uno o dos noes, la cosa va por mal camino.
EL DERECHO A LA FELICIDAD
No siempre nos detenemos a pensar seriamente sobre nuestra relación afectiva porque asusta abrir la caja de los truenos. El autoengaño tiene sus argumentos: "¿Para qué pensar en mi relación, si mi pareja, en el fondo, me quiere?". La respuesta es sencilla: porque tenemos derecho a ser felices. Así de simple, así de contundente.
Mi pregunta sería: "¿Por qué vivir mal?, ¿por qué resignarnos a una vida insufrible o insípida ?", Y no me refiero necesariamente a las parejas que viven en una guerra cotidiana -donde la decisión de alejarse sería más que obvia- sino a aquellas relaciones que se escudan en un aparente diálogo inteligente, que no es otra cosa que un forcejeo constante y encubierto.
En estas parejas parlanchínas, todo hay que explicarlo, siempre hay algo que justificar o demostrar. Nada ocurre con naturalidad y la vida se va llenando de esclarecimientos e ilustraciones constantes, ejemplos y estadísticas para convencer al otro de lo que a uno le parece evidente.
A una de estas parejas, aparentemente trascendente, les pregunté si eran felices viviendo juntos, ya que todas sus charlas terminaban en polémica. Respondieron al unísono: "¡Nosotros no peleamos, discutimos!".
CONVIVENCIA TRANQUILA
Si la convivencia con la persona que amo termina convirtiéndose en un esfuerzo cotidiano para explicar y justificar todo lo que pienso, siento o quiero, aunque no haya gritos, la relación va cuesta abajo.
El amor saludable es aquel que se mantiene dentro de los límites razonables de la convivencia inteligente y tranquila, el que discurre sin muchos tropiezos ni constantes disputas. ¡Benditos sean los silencios amigables, el consentimiento implícito de una sonrisa o un simple gesto afirmativo! Una buena pareja no habla tanto como la gente cree, sino lo suficiente para mantener vivo el interés.
Precisamente, el interés es esencial en una relación de pareja saludable. Conocí a una señora que vivía en el tedio más absoluto, aferrada a la televisión. Hacía tiempo que no practicaba el sexo y su marido la menospreciaba. Y ella afirmaba: "Mi matrimonio no es el mejor, que digamos, pero todavía nos queremos". Yo pensé: "iQué lástima! Si no se quisieran, ya se habría acabado la relación".
SER LÚCIDOS
En los amores imposibles o tortuosos, la esperanza a veces es lo primero que hay que perder y no lo último. Muchos hombres y mujeres continúan en relaciones insoportables, con personas maltratadoras, infieles o explotadoras, porque sueñan de manera poco realista con la transformación radical e inmediata de su pareja: "Algún día se dará cuenta de lo que me ama" o "Cuando supere su trauma, dejará de golpearme". Pero si hay violación de los derechos humanos, no hay que esperar a la tan añorada metamorfosis. Entonces, afrontémoslo, perderla esperanza en la relación es lo más lúcido.
Una frase de Séneca nos recuerda la importancia de no postergar la felicidad: "Mientras se espera vivir, la vida pasa". Recuérdala, tenia a mano para releerla y reflexiona sobre su significado siempre que puedas.
La historia de Verónica ilustra la vida sentimental de muchas personas. Ella sigue adelante con una relación insostenible porque ama a su pareja y cree que eso justifica todo, incluso que él no ponga nada de su parte.
Verónica lleva diez años con su pareja. Cuatro de novia y seis de casada. Tiene una hija de dos añitos y trabaja como arquitecta en una reconocida empresa de construcción. Ella siempre se ha hecho cargo económicamente del hogar porque su esposo no ha podido establecerse en ningún trabajo. El hombre es un tanto idealista y rehuye la estabilidad laboral porque, según él, "no nació para eso".
Dejó la carrera de Derecho cuanto estaba en tercer año y no ha querido continuar con ios estudios pese a los ruegos de su familia y de Verónica, quien se comprometió incluso a mantenerle mientras él estudiase.Él aduce que quiere hacer cosas, pero cuando ella le pregunta qué, no hay respuesta o aparecen vocaciones inesperadas y totalmente imposibles de alcanzar, como la de criar caballos de carreras. Anda abatido todo el día, duerme hasta tarde, no es amable con ella, no ayuda en las tareas domésticas, pero es exigente con la comida y la ropa.
Además, a veces sale de juerga y no llega hasta el alba, produciendo en Verónica una angustia tremenda que la ha llevado en más de una ocasión a buscarlo en los hospitales o a llamar a la policía pensando lo peor. El hombre cada día es más agresivo. La última vez, empujó a Verónica contra un mueble y le lastimó la espalda.
"Vengo por mi esposo... El pobre está pasando por un momento difícil...
Quiero ayudarle, él no sabe que estoy aquí porque no cree en los psicólogos...", me dice Verónica el primer día de consulta. Desde los diecisiete años, se ha hecho cargo de un hombre que no ha puesto un ápice de su parte para tratar de hacerla feliz o, al menos, para tener una coexistencia pacífica y digna. Ella vive más para él que para ella y, cuando algunas pocas veces logra pensar en sí misma, se siente egoísta y culpable. No se siente ni feliz ni realizada, pero lo ama y está convencida de que ese sentimiento justifica todo. Pero el hombre/niño o el hijo/marido que Verónica "adoptó" (lo que yo llamo el Síndrome de la Nodriza) no ayuda a que lo ayuden.
Quizás esto último sea un punto clave a tener en cuenta cuando se deba tomar alguna decisión afectiva: "Si tu pareja necesita ayuda, pero se niega a recibirla pese a tu insistencia y buena voluntad, es decir, si no toma en serio tu sufrimiento y su mejoría, ya no hay nada que hacer".
*WALTER RISO
Psicólogo y catedrático de diversas universidades en Colombia y Argentina
www.walter-riso.com