Betania. Espacio para reflexionar, aprende y crecer
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El amor verdadero*

¿Se puede hablar de ponerle límites al amor? Seguramente no, si lo que queremos es hablar del amor de las novelas románticas, eterno y excluyente. No podremos tampoco ponerle límites al amor si lo buscamos en las tragedias griegas, dramático e irresistible.

Y, sin embargo, otra cosa sucede con el amor de nuestros tiempos. Ese amor, el que verdaderamente somos capaces de sentir y el que otros podrían sentir por nosotros, no es de hecho ningún sentimiento sublime e ilimitado. No es, repito, no es, una emoción reservada para unos pocos ni tampoco algo que se siente exclusivamente en un momento de la vida frente a una única persona.
""El amor posible y real está íntimamente emparentado con lo que cotidianamente llamamos "querer mucho a alguien", y es la sencilla manifestación del "más puro interés que alguien es capaz de sentir por el bienestar de otra persona". Y que quede claro que digo "sencilla" porque todos podemos entender el amor silo ponemos en función de ponerlo como equivalente de que nos importe muchísimo el bienestar de otro.

Dicho de otra manera: la persona que se ocupa de ti y siente que le importas, la que se alegra con tus logros y te acompaña en un momento difícil, la que respeta tus tiempos y tus elecciones... sin lugar a dudas te ama, aunque a veces te diga que no, aunque nunca piense seriamente en suicidarse si te va mal en lo que tú más deseas, y aunque algún día no te elija para compartir alguno de sus proyectos.

AMAR ADULTAMENTE
Esta definición de los límites del amor puede conformar a aquellos que sabemos que necesitamos de los otros pero no los responsabilizamos de nuestras vidas, de nuestros éxitos ni de nuestros estados anímicos. Pero nunca será suficiente para aquellos que prefieren concederle a otros el poder de hacerles enojar, de hacerles llorar o de hacerles felices, porque no quieren aceptar que son los responsables de sus vidas.
Es verdad que no somos autosuficientes, pero es nuestro compromiso aprender a amar adultamente, pedir sin exigir, aceptar que el otro puede no tener o no querer darnos lo que necesitamos. Hay que aprender la diferencia entre renunciar y sacrificarse.
Todos los filósofos, pensadores, religiosos y terapeutas de la historia"" han creado su propia definición acerca del amor. Hasta yo, sin ser nada de eso, tengo la mía:
"Mi amor es la sincera decisión y la consecuente acción de crear un espacio de libertad para la persona amada. Un espacio tan grande y no condicionado como para que ella pueda elegir lo que desee, aun cuando su decisión no sea la que más me favorezca aun cuando su elección, definitivamente, no me incluya".
No depender es sin lugar a dudas uno de los grandes desafíos de los que luchamos'diariamente por una vida plena, es decir, de los que pretendemos ser felices. Claro que no quedarse pendiente de la mirada, de la aprobación o la decisión de otros tiene costos, y es necesario saber que no son para nada baratos.
El que ama en libertad siempre será acusado, por aquellos que todavía transitan espacios dependientes, de ser soberbio, tonto, cruel o agresivo, en medio del reproche por ser antisocial, desamorado o egoísta.

EL CUENTO DEL ÁRBOL
Este triste cuento que tiene cientos de años te dirá mejor que yo lo que quiero explicar: "Había una vez, en las afueras de un pueblo, un árbol enorme y hermoso que vivía regalando a todos los que se acercaban el frescor de su sombra, el aroma de sus flores y el increíble canto de los pájaros que anidaban entre sus ramas.
""El árbol era querido por todos, pero especialmente por los niños, que trepaban por el tronco y se balanceaban entre las ramas con su complicidad complaciente. Si bien el árbol amaba a la gente, había un niño que era su preferido. Aparecía siempre al atardecer, cuando los otros se iban. -Hola, amiguito -decía el árbol, y con gran esfuerzo bajaba sus ramas al suelo para ayudar al niño a trepar, permitiéndole además cortar algunos de sus brotes verdes para hacerse una corona de hojas aunque el desgarro le doliera un poco. El chico se balanceaba con ganas y le contaba al árbol las cosas que le pasaban en casa.
Casi de un día para otro, el niño se volvió adolescente y dejó de visitar al árbol. Pasó el tiempo... y de repente, una tarde, el árbol lo vio caminando a lo lejos y lo llamó con entusiasmo:
-Amigo... amigo... Ven, acércate... Cuánto hace que no vienes... Trepa y charlemos. -No tengo tiempo para estupideces -dijo el muchacho.
-Pero... disfrutábamos tanto juntos cuando eras pequeño... -Antes no sabía que se necesitaba dinero para vivir, ahora busco dinero. ¿Tienes dinero para darme?
El árbol se entristeció un poco, pero se repuso enseguida.
-No tengo dinero, pero tengo mis ramas llenas de frutos. Podrías subir y llevarte algunos, venderlos y obtener el dinero que necesitas...
-Buena idea -dijo el muchacho, y subió por la rama que el árbol le tendió para que trepara como cuando era chico.
Y arrancó todos los frutos del árbol, incluidos los que aún no estaban maduros. Llenó con ellos unas bolsas de arpillera y se fue al mercado. El árbol se sorprendió de que su amigo no le dijera ni gracias, pero dedujo que tendría urgencia por llegar antes de que cerraran los compradores.
Pasaron diez años hasta que el árbol vio pasar otra vez a su amigo. Era ya un adulto. -Qué grande estás -le dijo emocionado-; ven, sube como cuando eras niño, cuéntame de ti.
-No entiendes nada, como para trepar estoy yo... Lo que necesito es una casa. ¿Podrías acaso darme una?
El árbol pensó unos minutos. —No, pero mis ramas son fuertes y elásticas. Podrías hacer una casa muy resistente con ellas.
El joven salió corriendo con la cara iluminada. Una hora más tarde, con una sierra cortó cada una de sus ramas, tanto las secas como las verdes. El árbol sintió el dolor, pero no se quejó. No quería que su amigo se sintiera culpable.
El árbol guardó silencio hasta que terminó la poda y después vio al joven alejarse esperando inútilmente una mirada o gesto de gratitud que nunca sucedió.
Con el tronco desnudo, el árbol se fue secando. Era demasiado viejo para hacer crecer nuevamente ramas y hojas que lo alimentaran. Quizás por eso, porque ya estaba viejo cuando lo vio venir, años después, solamente dijo: -Hola. ¿Qué necesitas esta vez? -Quiero viajar. Pero, ¿qué puedes tú hacer? Ya no tienes ramas ni frutos que sirvan para vender.
-Qué importa, hijo -dijo el árbol-, puedes cortar mi tronco... con él quizá consigas construir una canoa para recorrer el mundo a tus anchas. -Buena idea -dijo el hombre.
Horas después volvió con un hacha y taló el árbol. Hizo su canoa y se fue.
Del viejo árbol quedó tan sólo el pequeño tocón a ras del suelo. Dicen que el árbol aún espera el regreso de su amigo para que le cuente de su viaje. Nunca se dio cuenta de que ya no volvería. El niño ha crecido, pero tristemente se ha vuelto un hombre de esos que nunca vuelven a donde no hay nada más para tomar. El árbol espera, vacío, aunque sabe que no tiene nada más para dar.


El árbol y el hombre del cuento mostraban formas bien distintas de amor. En todo caso habrá diferentes maneras de amar, y dependerán de quién soy y no de cuánto quiero. Habrá amores buenos y sanos, que sienten aquéllos de corazones buenos y sanos. Y habrá también amores enfermizos, el de los incapaces, el de los manipuladores, el de los posesivos, el de los dependientes, el de los que nunca se dieron cuenta de que el mayor valor de que alguien esté aparece cuando uno se da cuenta de que podría elegir haberse ido. Aquellos que han aprendido a amar no dependen pero tampoco permiten que otros dependan de ellos. Saben que de cualquiera de los dos lados de la cadena, el esclavo y el amo son víctimas de la esclavitud y la rechazan de plano. Aman y ponen límites; y pretenden ser amados de la misma manera.

 

 

*JORGE BUCAY
Médico y psicoterapeuta gestálgico
www.mentesana.es
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QUIERO

Quiero que me oigas, sin juzgarme.
Quiero que opines, sin aconsejarme.
Quiero que confíes en mi, sin exigirme.
Quiero que me ayudes, sin intentar decidir por mi.
Quiero que me cuides, sin anularme.
Quiero que me mires, sin proyectar tus cosas en mi.
Quiero que me abraces, sin asfixiarme.
Quiero que me animes, sin empujarme.
Quiero que me sostengas, sin hacerte cargo de mi.
Quiero que me protejas, sin mentiras. Quiero que te acerques, sin invadirme.
Quiero que conozcas las cosas mías que más te disgusten, que las aceptes y no pretendas cambiarlas.
Quiero que sepas, que hoy, hoy podés contar conmigo.
Sin condiciones.

 

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