La crisis del primer aniversario*
Marta está pensando en separarse a pesar de llevar sólo ocho meses casada. Ella y su marido aún se quieren, pero algo ya no funciona como antes.
Acababa de salir y estaba cerrando la puerta de la antigua casa cuando de pronto escuchó a sus espaldas:
-¡Martita! ¡Qué sorpresa! ¿Cuánto hace que no vienes por el pueblo? -y de inmediato la vio, cruzando la calle, escoba en mano, dispuesta a embestirla con su habitual y exhaustivo interrogatorio.
-Mucho tiempo, doña Pura. Creo que tres años por lo menos -contestó Marta con resignación.
-¡Claro! Desde que murió tu madre, en paz descanse. Siempre me
pregunté por qué no habías vendido la casa. Tú nunca vienes y hoy debe de valer una fortuna -comentó la vecina con mirada inquisidora.
Marta se acordaba muy bien de ella, ;y tanto! Doña Pura vivía en la casa de enfrente y era el servicio informativo del barrio; charlatana y entrometida hasta el hartazgo, protagonista indiscutible en bodas y funerales, siempre dispuesta a colocarle el velo a la novia o la mortaja al muerto y por supuesto, capaz de hacer las preguntas más inoportunas.
-Te va muy bien, ¿no es cierto? A mí me lo puedes decir, si te conozco desde que eras así de chica. Por otra parte, yo sé que ahora vives en Madrid, en un piso muy bonito, y que estás muy bien casada. Tu marido es cirujano, ¿no?
-Sí, doña Pura, no me puedo quejar, estoy muy bien. Gracias -replicó escuetamente
Marta mientras pensaba: "Si ella supiera...".
Porque, si ella supiera, sabría que Marta estaba allí porque había decidido poner Un poco de distancia en la pareja, antes de separarse definitivamente de su marido. Si ella supiera, sabría que había ido al pueblo buscando un refugio tranquilo y protector donde intentar aclararse; y en ningún otro lugar iba a sentirse más arropada que en la casa de sus padres, ya que era el espacio donde había crecido y permanecían guardados los cálidos y felices recuerdos de su infancia.
-Es cierto, la última vez que te vi fue cuando la muerte de tu madre. ;Cómo pasa el tiempo! Era en octubre, me acuerdo bien, porque murió en el mismo mes que tu papá, sólo que cinco años después.
Y siguió:
-¡Qué buena pareja hacían! ¡Y qué pena! Tan jóvenes que murieron los dos... Yo siempre pensé que no podrían vivir mucho el uno sin el otro. En cambio, a Encarni, ¿la recuerdas?, esa que de joven estudiaba con tu madre, le fue fatal a la pobrecita. Se casó con Pepe, pero resultó un borracho y no te imaginas qué mala vida le dio... Pero, por suerte, se le murió hace dos años y ella rejuveneció veinte.
Mientras escuchaba la voz de la vecina como un sonsonete, Marta pensó en cuánta falta le hacía su madre en ese momento y hasta qué punto necesitaba su consejo. Quería saber cómo era posible que sus padres hubieran tenido tanto éxito justo donde ella había fracasado, porque se encontraba al borde de la separación y aún no llevaba un año de casada. En cambio, sus padres habían gozado de un matrimonio tan maravilloso como ella jamás había visto otro.
Marta no podía comprender qué estaba sucediendo con su vida. En realidad, en su pareja no pasaba nada sumamente grave, pero no era feliz. Se habían conocido dos años atrás y llevaban ocho meses escasos de convivencia, pero se estaba dando cuenta de que Alejandro, el hombre al que ella creía conocer tan bien, le resultaba casi un extraño.
Estaba descubriendo en él aspectos de su personalidad que nunca antes había notado que existiesen y además, últimamente discutían con una frecuencia alarmante y por los motivos más absurdos. Ella siempre había pensado que Alejandro era su alma gemela, que tenían muchos gustos y costumbres afines, y ahora se sorprendía al comprobar que, ante cualquier hecho cotidiano, Alejandro no podía o no quería darse cuenta de cosas que, para Marta, eran de una obviedad absoluta. Y, ahora, al pensar en la complicidad con la que sus padres habían vivido durante su matrimonio, Marta no podía dejar de hacerse una pregunta: "¿Cómo lo habían conseguido?".
-Y pensar que se separaron a los pocos meses de casados... -comentó
la vecina.
-Bueno, doña Pura, si el marido de Encami no era bueno y además él...
Pero no la dejó terminar:
-No, mujer. No hablo de Encami, hablo de tu madre.
-¿Cómo? ¿De mi madre? ¿Me está diciendo que mis padres se separaron? -preguntó Marta incrédula.
-Sí. ¿No lo sabías? Yo conozco bien la historia.
Marta pensó que, con los años, la mujer tendría las ideas confusas porque era imposible que estuviese hablando de sus padres.
-Pero ¿está segura, doña Pura? Si todo el mundo sabe que ellos eran una pareja envidiable.
-Seguro que lo fueron, nadie lo niega. Pero eso fue después de la crisis, porque los comienzos les costaron mucho y hasta estuvieron unos días separados.
-¿Separados? No, no puede ser-dijo Marta, al tiempo que negaba moviendo la cabeza.
-Sí. Aunque resulte difícil creerlo, así fue, pero mejor te lo cuento. Tus padres llevaban pocos meses de casados cuando un día crucé la calle para pedirle a tu madre que me prestara... bueno, no importa. El hecho es que me la encontré llorando. "Carmencita, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás así?", le pregunté, preocupada al verla con tantísima angustia. Ella, al principio, no quería decirme nada, pero, luego, se ve que necesitaba desahogarse y me confesó que pensaba que se había equivocado al casarse y que le había pedido a tu padre que se fuera unos días de la casa. "Pero, hija, ¿nadie te ha enseñado que para saber si una pareja funciona hay que sobrevivir al primer año?", le dije. Y más cosas: "Si de verdad te importa tu matrimonio, dile que vuelva y no te rindas ante el primer obstáculo". Ella me hizo caso y, ya ves, fueron felices por años. Un día me lo dijo: "Doña Pura, ¿sabe una cosa?, usted tenía razón. Aprendí que, cuando queremos algo de verdad, no hay que rendirse sin haberlo intentado todo, porque una pareja necesita un tiempo de adaptación en la convivencia, por mucho que crean conocerse". Sí, eso me dijo...
Y la vecina siguió contándole cosas, pero Marta ya no escuchaba porque, en ese momento, sintió que encontraba la claridad que estaba buscando. De una manera un poco extraña, a través del tiempo y con su ejemplo, su madre le hacía llegar el ansiado consejo. Era como si escuchara su voz diciéndole: "Marta, inténtalo de nuevo. No te estás dando a ti ni le estás dando a él el tiempo que se necesita para construir una pareja".
Con esta claridad recién encontrada, llegó a la conclusión de que esperaría Un poco más antes de tomar una decisión tan trascendente. Pensó que debería evaluarlo todo mucho mejor y con más serenidad. Y si, luego, pasado ese tiempo imprescindible, se daba cuenta de que su pareja realmente no funcionaba, entonces, y sólo entonces, tomaría el camino de la separación.
-... y así fue la historia -concluyó la vecina.
-Gracias por contármelo, doña Pura, sí no fuera por usted, nunca me hubiese enterado -dijo Marta.
-De nada, Martita, pero conste que te lo he dicho porque se trata de tu madre porque, como tú bien sabes, a mí nunca me gustó meterme en la vida de nadie. Yo siempre lo he dicho: "Cada uno en su casa y Dios en la de todos". Hasta pronto, hijita.
Y Marta pensó: "Sí, doña Pura, usted lleva razón. Cada uno en su casa y yo, de momento, en la mía, intentando construir mi pareja".
ADAPTARSE A LA VIDA EN COMÚN
SER CONSCIENTE DEL ORIGEN DE LA CRISIS
La crisis del primer año no se debe a otra cosa más que a los conflictos surgidos por temas que no tienen demasiada importancia y que son producto del proceso de adaptación a la convivencia. Si pasado este tiempo los problemas persisten,entonces sí habrá que plantearse qué está sucediendo con la pareja.
APRENDER A CONSTRUIR
Al iniciar una convivencia, creemos que nos amamos y que con esto ya tenemos todo lo necesario para gozar de una buena relación de pareja. El amor es fundamental en una pareja pero no alcanza para disfrutar de un buen vínculo. Esa buena relación debe ser construida en el día a día y esto sólo puede hacerse una vez iniciada la convivencia, nunca antes.
TIEMPO PARA CONOCER AL OTRO
Por mucho que creamos conocemos, sólo conviviendo nos damos cuenta de las pequeñas diferencias -pero que a la hora de compartir se hacen grandes-que tenemos, debidas al solo hecho de proceder de familias con costumbres y hábitos distintos. Tenemos que aprender a conciliar estos desencuentros.
VALORAR LA DISCUSIÓN
No debemos temer la discusión. Todas las parejas discuten porque el conflicto, necesariamente, forma parte de un vínculo en el que se comparten muchas cosas. Eso sí, es importante discutir escuchándonos, sin herimos ni faltamos el respeto. No olvidemos que la prueba más dura por la que tiene que pasar el amor es la convivencia con el otro.