Vencer la rutina en la pareja *
Con el tiempo, algunas parejas caen en una monotonía letal para el amor. Mantener viva la relación depende de lo que aporte cada uno como persona.
En todos los grupos y seminarios donde desarrollo el tema de parejas aparece la inquietud acerca de cómo vencer la rutina, es decir, cómo sostener un amor vivo y que nos alimente, a pesar del paso del tiempo, y cómo sentir esa pasión que aleja todo lo monótono y lo rutinario
Sabemos que son muchas las razones que concurren para que el amor perdure. La más importante no tiene que ver con la razón, sino con esa atracción indefinible que uno siente hacia una determinada persona, ese bienestar que proporciona la sola presencia del otro, esa pasión que se despierta cuando hay un encuentro de almas. Es algo que no puede explicarse de una manera puramente racional; ocurre porque ocurre y es el ingrediente primario para que la pareja nos alimente. No suele ser un estado permanente, son instantes, momentos que a veces buscamos pero que también aparecen de manera inesperada. Pero sea como sea, es preciso que esa magia exista, o al menos que haya existido alguna vez para poder recuperarla.
También hace falta trabajar sobre los conflictos que toda relación trae. Si estas ganas de trabajar no existen, el encuentro se hace difícil y lo que antes era alimento ahora será rutina. No podemos 'hacer algo" para que esa magia aparezca, no podemos inventarla de la nada, pero sí debemos ser capaces de buscarla, de damos cuenta de qué nos llevó al adormecimiento de esa pasión que a veces parece haber desaparecido. Tomar conciencia de la situación es lo que nos coloca en el camino de su recuperación.
EL PESO DE LA RUTINA
La rutina, dice el diccionario, es una costumbre irreflexiva. El problema no es la costumbre, no es hacer cosas repetidamente sino la imposibilidad de reflexionar. Yo misma tengo costumbres, actos que se repiten sin que aparezca cansancio alguno. Por ejemplo, voy casi diariamente a desayunar frente al mar y a leer plácidamente el periódico. Es una costumbre, lo hago todas las veces que puedo y jamás me parece rutinario; lo elijo con plena consciencia, lo disfruto, y cada vez que me aparto de ello, vuelvo a elegirlo.
MIRAR SIN VER
Naturalmente, a veces estoy preocupada por algún problema; entonces mis ojos se posan sobre el mar pero no lo miran, no puedo disfrutarlo y me retiro con cierto mal humor.
Sin embargo al día siguiente me parece que todo vuelve a brillar. En realidad, ayer también brillaba, sólo que no lo podía ver. Cuando no estoy ahí no puedo ver, entonces el mismo acto se convierte en otro. No advertimos cuántas veces dejamos de estar presentes en cada momento y lugar.
áramos atentamente, percibiríamos que actuamos, que "funcionamos", pero nuestros pensamientos, las maquinaciones acerca de problemas, planes y metas, llevan nuestra cabeza a otra parte. Estamos ocupados pensando en el futuro y, mientras esperamos llegar allí, desperdiciamos el presente, nos convertimos en robots, estamos dormidos con los ojos abiertos.
Hacemos las cosas como si fueran obstáculos a eliminar y en ese marco la relación de pareja y sus conflictos aparecen, en parte, como un obstáculo en el camino hacia "lo mejor". Entonces mucho de lo que hacemos en pareja pierde sabor, deja de ser importante y se vuelve aburrido, rutinario.
BÚSQUEDA SIN FIN
Si no estamos presentes con el alma, nada nos puede conmover y aparecerá la sensación de frustración y de rutina. Absorbidos por los "temas importantes", nos vamos ausentando de la vida, perdemos contacto con lo que hay aquí y ahora; entonces nuestra presencia se vuelve fantasmal. Sin darnos cuenta sentimos, como reza el título de la novela del escritor Milán Kundera, que "la vida está en otra parte". Entonces el presente se convierte en un peldaño, cuando no un obstáculo para llegar a esa "otra parte" a la que nunca llegamos. Para explicarlo mejor recurriré al relato de un paciente: "Todos los días me levanto, me ducho, saludo a mi pareja con un beso. Desayunamos en la cocina en invierno y en el jardín en verano. Casi siempre me doy cuenta de que le estoy dando un beso. Nos sentamos a una mesa elegante y bien dispuesta, el café humeante, el olor a tostadas, intercambiamos algunos comentarios triviales. Todo parece intrascendente y, sin embargo, en ciertos casos, puedo sentir el fervor de esta pequeña escena cotidiana como si hubiera algo de celebración en ella. Pero cuando las dificultades del trabajo me abruman, paso delante de mi mujer como si fuese transparente y no puedo dejar de ver el desayuno como una rutina que me retrasa en la solución de problemas serios. Cuando me reclama que 'no estoy allí' pienso que el problema es de ella, que tiene la cabeza en otro lado y no se da cuenta de 'la realidad"'.
LA IMPORTANCIA DEL PRESENTE
¿Quién es realmente el que no se da cuenta de lo que está sucediendo? Lo único que, en verdad, sucede en ese momento es el desayuno. Si uno no puede estar allí, habrá perdido para siempre ese instante y por supuesto tampoco habrá contribuido a la solución de sus problemas, ya que esos problemas sólo se harán realmente presentes cuando llegue a su oficina. Y cuando llegue a su trabajo quizá no pueda aplicar allí toda su energía, por estar pensando en el regreso al hogar o en sus futuras vacaciones. Otra vez una parte de él mismo se ausenta. Y de ausencia en ausencia se nos pasa la vida.
Recuperar nuestra presencia incondicional en todo momento no es un trabajo fácil con tantas cosas que nos sacan de nuestro centro. Sin embargo, es necesario estar "presentes en el presente". Es muy importante porque, como dice el poeta John Welwood, "el presente es lo único que existe". Y, ¿cómo podríamos disfrutarlo si no estamos allí? ¿Cómo podríamos apasionamos por algo o por alguien cuando estamos con la cabeza en otro lado? La pasión es el antídoto de la rutina y si no hay presencia, no hay pasión.
La pérdida de la pasión conduce a la rutina. Jamás sentiríamos rutinario o aburrido algo que nos apasiona. Combatirla rutina es como combatir la oscuridad, no tiene sentido, sólo hace falta que aparezca la luz y la oscuridad se va sola. La pasión es la luz y es una capacidad que se cultiva, está dentro nuestro, tiene que ver con la posibilidad de estar abierto a lo que la vida nos ofrece en el presente. Normalmente creemos que viene de afuera y en las relaciones de pareja creemos que es una cualidad del otro. Entonces, cuando dejamos de estar apasionados, pensamos que el problema es el otro.
¿PASIÓN O INTENSIDAD?
Y no se trata que el otro no tenga nada que ver, porque es en presencia de esa persona que nos sentimos apasionados. Pero ella no es la dueña de nuestra pasión, sólo tiene la cualidad de llegar al lugar donde está el gatillo
la pasión que se dispara es la nuestra. Quizás el otro haya perdido esa cualidad y ya no sepa llegar a ese lugar, pero con frecuencia lo que sucede es que somos nosotros los que vamos perdiendo nuestra capacidad de apasionamos y, cuando el otro pulsa el mismo gatillo, la pasión no aparece.
CADA INSTANTE ES ÚNICO
La pasión no necesariamente alude a un estado de exultante felicidad o a la intensidad de un encuentro sexual. El apasionamiento deviene de un estado de plenitud, de plena presencia, deriva de la capacidad de apreciar y conmoverse con cada acontecimiento de la vida, no importa lo grande o pequeño que sea, o si es de goce o tristeza. A veces tiene la intensidad del climax del encuentro sexual con amor, otras la calma de la contemplación compartida, o se hace presente en la tristeza por los inevitables dolores de la vida.
Y es que la vida no siempre es un lecho de rosas y la pareja es parte de esa vida. En consecuencia, necesitamos entrenar nuestra capacidad de disfrutar con lo que hay y de amar lo que es. No llamaríamos rutinario a algo de lo que disfrutamos cada día. Cada acto de nuestra vida de pareja podría ser una "celebración", en su sentido más amplio, si estuviéramos presentes con el corazón en ese instante único.
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*SILVIA SALINAS
Psicóloga y terapeuta gestáltica.
Es autora, entre otros libros, de Amarse con los ojos abiertos (RBA Integral),
www.silviasalinas.com.ar